La Logopolítica

LA LOGOPOLÍTICA


El genio del austríaco Víktor Emil Frankl, doctor en medicina y filosofía egresado de la Universidad de Viena, sobreviviente del campo de concentración de Auchswitz y fundador de la escuela logoterapéutica de psicoterapia, incorporó a la “voluntad de sentido” entre las fuerzas motivantes del obrar humano. Antes de Frankl, Sigmund Freud había identificado el principio del placer (que Frankl considera podría denominarse como la “voluntad de placer”) y Alfred Adler a la “voluntad de poder”, como los motivantes esenciales.
Para Frankl, la búsqueda por parte del hombre del sentido de su vida constituye una fuerza primaria y la Logoterapia busca justamente enfrentar al individuo con el sentido de su propia vida y a continuación lo lleva a confrontar su conducta con ese sentido de la vida, caracterizado por los valores que dicho individuo quiere realizar en el futuro. Frankl explica que llamó a su teoría Logoterapia porque “Logos es una palabra griega que equivale a “sentido”, “significado” o “propósito””.
Resulta fascinante aplicar el pensamiento de Frankl a la teoría política y concebir el concepto de “LOGOPOLÍTICA”, entendiendo por tal: una política inspirada por un propósito, dotada de un significado y ejecutada por organizaciones que tengan una auténtica voluntad de sentido. O sea, siguiendo los pasos enunciados por Frankl, se tendría que enfrentar a las organizaciones políticas con el sentido que motivó su creación y existencia y luego confrontar su conducta con los valores que inspiraron ese sentido de su creación.
Si se toma a los partidos políticos como los sujetos de derecho constitucionalmente designados como actores políticos esenciales, puede imaginarse que las motivaciones básicas de su conducta deberían provenir de al menos dos, de las fuerzas primarias que las grandes escuelas psicoterapeúticas asignan como motores de la conducta del individuo. Estas serían la “voluntad de poder” y la “voluntad de sentido”.
Un partido político sin “voluntad de sentido” carecería de los objetivos (propósitos), los valores y el significado que le dan identidad como organización política. Pero si esta voluntad de sentido no va acompañada de una auténtica “voluntad de poder” el partido político sería una organización meramente testimonial ya que no tendría la oportunidad de poner sus ideas en práctica y sus valores en acción. En contraposición si un partido político sólo tuviera “voluntad de poder”, se limitaría a ser una maquinaria electoral que permitiría a sus miembros acceder a los cargos públicos sin un propósito determinado ni un plan de gobierno específico. En ese caso, el partido sólo seguiría al hombre que en cada oportunidad le ofrezca mayores probabilidades de éxito porque su objetivo sería alcanzar el poder para disfrutar de sus beneficios y conservarlo el mayor tiempo posible al costo que fuera menester.
La confrontación política desvirtúa su naturaleza en un sistema pluripartidario, si cada partido o alianza no representa un conjunto claro de valores, objetivos y significados, que permitan a la ciudadanía elegir entre distintos programas diferenciados e identificables, y no simplemente entre distintos individuos escondidos en las engañosas imágenes dibujadas por sus agentes de campaña.
Se necesita de la Logopolítica. Se necesita practicar una política fundamentada en valores, con partidos políticos que recuperen su voluntad de sentido. Que puedan alcanzar el poder o perderlo, defendiendo un conjunto de ideas y principios y para los que el poder sea un medio de poner sus valores en acción y no un fin en sí mismo.

Los dirigentes de la Logopolítica.
Existe en toda persona la voluntad explícita o implícita de encontrar el sentido de su existencia. La elección de ese sentido es una decisión individual que responderá a su naturaleza, a sus valores, a su vocación. Aquellos que sientan que encontrarán el sentido de su existencia en la búsqueda del bien común a través del ejercicio del poder, son los dirigentes apropiados para la logopolítica.
Los que busquen riqueza, fama o placer, tienen sin dudas opciones apropiadas en distintos campos de la actividad humana vinculados al área empresarial, el comercio, el arte, el deporte y múltiples ámbitos afines. Esos ámbitos son más apropiados para la autorrealización personal.
La voluntad de trascendencia puede llevar a desarrollar actividades vinculadas con el bien común en ámbitos propios de la acción social, la salud o la religión. Es necesaria la voluntad de trascendencia enfocada al bien común, pero con vocación de poder, para conformar el perfil del dirigente político apropiado para hacer Logopolítica. Pero para el dirigente que abraza la Logopolítica, ese poder es siempre entendido como un medio que le permitirá alcanzar el fin ulterior que consistirá en hacer algo bueno para los demás miembros de su comunidad.
Para Víctor Frankl “ser hombre implica dirigirse hacia algo o alguien distinto de uno mismo, bien sea realizar un valor, alcanzar un sentido o encontrar a otro ser humano”. A esta característica esencial del hombre la denomina “autotrascendencia de la existencia”. El Logopolítico es el hombre que encuentra su autotrascendencia en prestar servicio a la sociedad desde la función dirigencial, lo que implica el ejercicio y la responsabilidad de buscar, obtener y ejercer el poder para alcanzar el bien común.

Los procedimientos de la Logopolítica.
Si se divorcia la actividad política de la ética, la lucha por la obtención y la conservación del poder no reconocen límites y terminan haciendo imposible alcanzar los ideales de búsqueda del bien común que pudieron haber sido la motivación inicial de la actuación política del individuo, el grupo o el partido. Por otro lado, la Logopolítica reconoce que la actividad política tiene “reglas de juego” propias de su naturaleza que no necesariamente pueden medirse con los parámetros éticos tradicionales.
La política no es en esto diferente de cualquier otra actividad. Hay “reglas de juego”específicas que justifican que un militar mate a sus oponentes en el campo de batalla, que un abogado defensor trate de obtener la menor pena para su cliente, aunque sea un criminal detestable o que un jugador de poker finja tener un juego que no tiene, para quedarse con el dinero apostado en la partida de cartas que comparte con sus amigos. La clave en cada caso es distinguir cuales son las “reglas de juego” de una actividad y cuales son vulgares faltas a los paradigmas éticos, sean ellos teleológicos (orientados a obtener una buena finalidad) o deontológicos (orientados a hacer lo correcto).
En el caso de la política, se abusa con frecuencia de la benevolencia con que se juzga la acción política práctica, para permitir incluir dentro de las “reglas de juego” cuestiones tales como el engaño a los electores, la falta de cumplimiento de los acuerdos y compromisos, el cambio de bloque legislativo o el incumplimiento de las promesas de campaña. No se está aquí tratando acerca de los actos de corrupción como la recepción de coimas o el incumplimiento de las obligaciones del funcionario público que son lisa y llanamente delitos y no están contemplados en ningún paradigma ético. A lo que se refiere es al conjunto de prácticas políticas que sin violar específicamente una ley, generan un ambiente de desconfianza e incertidumbre que desconcierta a los electores, desmoraliza a los dirigentes íntegros y aparta de la política a los ciudadanos de buena voluntad que experimentan un natural rechazo y repugnancia por las supuestas “reglas de juego” de la trampa y la traición.
En el ámbito de la Logopolítica hemos determinado que para asumir que una práctica objetivamente cuestionable forma parte de las “reglas de juego” de una determinada actividad y que por lo tanto no es éticamente censurable, debe cumplir tres requisitos:

Debe ser aplicada sólo entre los actores propios de la actividad.
Debe aplicarse sólo en el ámbito de la actividad.
Debe ser conocida y aceptada por todos los actores de la actividad.
En el caso del militar citado anteriormente, por ejemplo, su acción es considerada una “regla de juego” de su actividad en la medida en que se desarrolle en el campo de batalla, dirigida contra otros militares oponentes y cumpliendo las leyes y convenciones de la guerra que todos las fuerzas armadas suscriben.
En el caso de la política el análisis es más complejo pero igualmente posible y permite determinar cuales son los límites que un Logopolítico debe respetar en su práctica política.
Es posible considerar lícito en una negociación entre políticos que no se declaren las capacidades e intenciones que cada fuerza pone en juego. Se dan en este caso los tres requisitos y ningún político debería preguntar lo que todos saben que constituye una información reservada de cada partido. Sin embargo, luego de alcanzar un acuerdo en la negociación, no es razonable que las partes supongan que dicho acuerdo no será honrado. Por ello, una norma básica de la Logopolítica la constituye el cumplimiento de los acuerdos y compromisos políticos.
Cuando el político no está con sus pares de otros partidos sino con sus propios seguidores, estos no esperan ser engañados por sus propios líderes. Es frecuente sin embargo que con la frase “esto es política” se pretenda justificar la falsa promesa de ocupar posiciones en las listas de candidatos, de asignar un cargo a futuro o de asegurar fondos que no están disponibles, para conseguir el apoyo y el trabajo de personas o grupos. Para la Logopolítica las promesas hechas a los seguidores son compromisos que deben ser sostenidos aunque luego aparezcan otras opciones supuestamente mejores.
Por último, en la fase de campaña, hay que considerar las propuestas y promesas que se presentan a los electores. Los electores no son parte del juego de los actores políticos y por lo tanto, para quien adopta la Logopolítica, no cabe formular promesas engañosas, ocultar sus opiniones sobre temas controversiales o prometer acciones, leyes o beneficios que no podrán ser realizadas o alcanzadas en la situación presente. Para la Logopolítica los compromisos con los que están fuera del juego político, o sea los votantes, son los que tienen prioridad de cumplimiento.
Situémonos ahora dentro de las obligaciones del candidato que ya ha sido elegido.
Consideremos en primer lugar a los que ocupan cargos legislativos. Si suscriben a la Logopolítica, su primera obligación es ser consecuentes con el partido por el cual se presentaron, ya que el programa de campaña es un compromiso formal con quienes lo votaron. Cambiar de bloque, aprovechando que la ley lo permite, es cambiar de programa de gobierno y estar dispuesto a votar propuestas distintas a las presentadas a sus electores. Es, en síntesis, una defraudación que no encuentra justificación en las reglas de juego de la política y que no tiene cabida en la Logopolítica.
Para la Logopolítica, las votaciones del legislador deben ser siempre acordes al programa presentado en la campaña y a las Bases y Principios partidarios. Si se diera el caso que el bloque votara propuestas opuestas a las presentadas en el programa se produciría un conflicto de lealtades. Aun cuando el cambio no tuviera motivaciones espurias, el compromiso mayor del legislador es con los electores y el voto conforme a su conciencia debe responder a ese compromiso prioritario.
Puede darse el caso que un tema, objeto de decisión a nivel legislativo, no haya sido definido en la campaña y no esté reflejado en los documentos fundacionales del partido. En ese caso, si existe un mecanismo democrático dentro del bloque, el legislador con conciencia Logopolítica debe acatar la decisión democrática que se adopte en ese ámbito. Pero si la decisión es autoritaria y vertical, el legislador es libre de actuar conforme a su conciencia, tratando de responder al espíritu de sus representados según la postura ideológica del partido.
El último ámbito que se elige tratar, es el de es el de los candidatos elegidos para cargos de gestión. Para la Logopolítica el mayor compromiso de estos funcionarios es obrar para dar cumplimiento a los programas y promesas de campaña. Puede sin embargo darse el caso que la dinámica de los acontecimientos y la influencia de factores externos al ámbito jurisdiccional planteen la imposibilidad de actuar según y conforme el compromiso de campaña. Se descarta que haya un deliberada intención de engañar al haber formulado una promesa que no se estaba dispuesto a cumplir o una promesa de magnitud tal que su cumplimiento era de imposible o improbable concreción. Esos casos están en franca oposición al concepto de Logopolítica. Este tema fue muy esclarecedoramente tratado por el sociólogo Max Weber que mencionaba que el gobernante debía reconocer la existencia de una ética de la convicción y una ética de la responsabilidad. Aquel que se entregara a la primera debía seguir adelante con sus planes y promesas cualesquiera fuesen las consecuencias. La ética de la responsabilidad, en cambio, permitía al gobernante no actuar conforme a sus convicciones y promesas de campaña, si esto redundaba en un daño excesivo para la comunidad. En estos casos extremos, el gobernante deberá reconocer la imposibilidad de cumplir sus compromisos, explicar las causas a los ciudadanos y asumir el costo político de no haber podido prever las circunstancias o no haberse informado adecuadamente de las cuestiones que lo llevan al incumplimiento.
En síntesis, los conceptos básicos que hemos desarrollado en la Logopolítica son:

La Logopolítica es la concepción de una política inspirada por un propósito, dotada de un significado y ejecutada por organizaciones que tengan una auténtica voluntad de sentido.
Para la Logopolítica los partidos políticos son organizaciones que deben poseer una voluntad de sentido y una voluntad de poder. Cada partido debe representar un conjunto claro de valores, objetivos y significados, que permitan a la ciudadanía elegir entre distintos programas diferenciados e identificables.
Los dirigentes de la Logopolítica son aquellos que sienten que encontrarán el sentido de su existencia en la búsqueda del bien común a través del ejercicio del poder.
Los procedimientos de la Logopolítica tienden a dar a la política el carácter de actividad noble y elevada que atraiga a ella a los mejores y más dignos miembros de la comunidad. Separa para ello las “reglas de juego” que la política posee como cualquier actividad, de los principios éticos que no pueden ser vulnerados sin desvirtuar la naturaleza de los objetivos.
Para ello:
Una norma básica de la Logopolítica la constituye el cumplimiento de los acuerdos y compromisos políticos.
Para la Logopolítica las promesas hechas a los seguidores son compromisos que deben ser sostenidos aunque luego aparezcan otras opciones supuestamente mejores.
Con los electores, en Logopolítica no cabe formular promesas engañosas, ocultar las opiniones sobre temas controversiales o prometer acciones, leyes o beneficios que no podrán ser realizadas o alcanzadas en la situación presente.
Los legisladores que suscriban la Logopolítica tienen por primera obligación el ser consecuentes con el partido por el cual se presentaron, ya que el programa de campaña es un compromiso formal con quienes lo votaron. Para la Logopolítica, las votaciones del legislador deben ser siempre acordes al programa presentado en la campaña y a las Bases y Principios partidarios. El compromiso mayor del legislador es con los electores y el voto conforme a su conciencia debe responder a ese compromiso prioritario.
Para la Logopolítica el mayor compromiso de los funcionarios del Ejecutivo es obrar para dar cumplimiento a los programas y promesas de campaña. En casos extremos, el gobernante deberá reconocer la imposibilidad de cumplir sus compromisos, explicar las causas a los ciudadanos y asumir el costo político de no haber podido prever las circunstancias o no haberse informado adecuadamente de las cuestiones que lo llevan al incumplimiento.
Estos principios básicos pueden ser establecidos en códigos de ética y conducta e inclusive ser impuestos a través de normas pasibles de cumplimiento mandatorio. Sin embargo, para tener un efecto real sobre la política práctica, los principios de la Logopolítica deben ser adoptados por convicción por individuos que se vuelquen a la actividad política con vocación de servicio, buscando encontrar en ella el sentido de su vida y deben ser aceptados por los partidos políticos como base para su funcionamiento.

Juan Carlos Neves
Presidente de Nueva Unión Ciudadana.
Director de la Escuela de Dirigentes Políticos de Nueva Unión Ciudadana.

Referencias: El hombre en busca de sentido. Víktor Frankl, Editorial Herder, Edición 2004.

Depositado en la Dirección Nacional del Derecho del Autor, Expediente Núm

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